Un rutilante cuarteto de estrellas -Gregory Peck, Ava Gardner, Anthony Perkins y Fred Astaire- protagonizaron un film apocalíptico en el peor momento de la Guerra Fría, no en vano tres años después de la aparición de la obra, 1959, el mundo estuvo al borde del abismo con la crisis de loa misiles en Cuba. El film, dirigido por el competente Stanley Kramer, sitúa la acción en Australia, la única parte del mundo que aun sobrevive a un holocausto nuclear, pero condenada a que en unos pocos meses la radiación letal alcance la isla y acabe con los últimos seres humanos de la Tierra. Varios personajes afrontan la coyuntura a su manera, desde el máximo fatalismo, por lógica, hasta el hedonismo desatado para disfrutar todo lo posible de los días que restan.
La verdad es que la película no logra encoger el corazón de la audiencia, su tono es algo frío y desangelado, además unas cuantas escenas de emotividad desaforada no ayudan demasiado, pero hay que reconocer que el planteamiento argumental tiene una fuerza intrínseca considerable, la suficiente al menos para que se mantenga la expectación en todos de sus más de ciento treinta minutos. No estamos, en todo caso, ante una exhibición de imágenes epatantes con las que exacerbar la paranoia del público de la época, si no del retrato psicológico de unas personas que han de afrontar el fin propio y el del mundo en términos absolutos. Acertada obra que en otras manos no tan consideradas sería un productito para excitar terrores preexistentes.

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