Una de las caras más reconocibles del cine mudo es el actor Harold Lloyd, y sin duda su película más representativa es la presente, con la escena cumbre del reloj convertida en un ícono del séptimo arte. Pero dejando nombres y momentos, este largometraje es un prodigio de la comedia desde el primer minuto, antes incluso de la escalada del edificio donde los niveles de risas alcanzan, literal y figuradamente, la cima. Por el camino tenemos gags de enredos, confusiones, persecuciones, absurdos y sobre todo físicos, en los que el protagonista se juega la piel, para ofrecernos sus mejores caras, ocurrencias y acrobacias. Es una hora y cuarto en la que no sobra nada y que va sobrada de humor blanco e ingenioso, del que en la actualidad escasea.
Mi puntuación: 9/10
