La contención y la insinuación son dos de los pilares de este largometraje que cuenta poco con palabras, dejando al espectador que se deje guiar por la suposición para tomar sus propias conclusiones. La herramienta para lograr tal fin es principalmente la actuación de Mario Casas en uno de los mejores y más desafiantes papeles de su carrera. Más allá de esto, lo que presenciamos son momentos cotidianos de una persona desubicada física y mentalmente; vemos como aprende un nuevo idioma, lava platos, duerme en su cama, camina por la calle, carga trastos y habla de asuntos, en su mayoría irrelevantes, con individuos variados. Todo forma parte de un camino que su protagonista quiere, o mejor dicho necesita recorrer solo, pero asistir en pantalla a esta introspección personal casi espiritual de una metamorfosis tan gradual puede resultar farragosa para cierto tipo de espectadores.
Mi puntuación: 5/10

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