John Frankenheimer, un “outsider” de la industria cinematográfica norteamericana, por lo tanto, siempre a su aire y llevando la contraria, tuvo la ocurrencia de dar a Gregory Peck, una estrella que personificaba la honradez y la integridad del hombre medio, el papel de un veterano sheriff rural que pierde el oremus por una joven y bella mujer. Peck lo bordó con ese personaje contradictorio al ser capaz de llevarlo, coherentemente, desde la pérdida del mínimo sentido común hasta el mayor patetismo que se pueda concebir; un drama sobre la madurez y la pasión otoñal que deriva en un thriller sombrío e inusual en esa América profunda en la que corre el alcohol ilegal y la “white trash” campa a sus anchas. La banda sonora de Johnny Cash, el más célebre representante de la historia de la música “country”, acentúa el carácter fatalista de la narración a la vez que subraya también el ámbito rústico y deprimente de la película. Producción a recordar y reivindicar por los tres factores mencionados: director, actor protagonista y banda sonora.

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